Tarde de calor

 

Un perro ladró cerca, el gato saltó sobre la mesa. La jarra de agua se volcó arrastrando tres vasos de vidrio con vino que se hicieron añicos rozando el cable de la amoladora. La mujer gritó y él giró su torso con la herramienta aún encendida. Él gritó. Su pierna gritó. Todos gritaron.

Salpicre de sangre para los niños que jugaban en el patio. Todos gritaron.

El perro pasó por alto la cerca, tomó el pedazo de pierna desmembrado y salió corriendo.

Mientras la ambulancia no llegaba, las culpas se sorteaban entre los animales, la vajilla, el momento para ponerse a trabajar, la inoperancia, la negligencia, la responsabilidad, el dueño del perro, el vino, el sueño, el hambre, el país, el clima, el destino.

Sumergido en una rave de chicharras, el perro sacudía con bravura su trofeo. Otros perros se acercaban olisqueando. Todos gruñían.

Apareció un humano buscando la pierna. Todos gruñeron.

La pierna fue enterrada en un lugar secreto que aquel can resguardó con recelo, mientras los microorganismos, insectos y pequeños animalitos saboreaban a la par. El hueso no se hizo esperar y apareció brillante cuando la carne en su totalidad estuvo en diferentes sistemas digestivos.

El vino se secó rápido. Dejó varias manchas moradas en el mantel, pared y baldosas, que nunca nadie intencionó volver a mirar. No sucedió lo mismo con el estampado de sangre en amplias superficies, que formaba diversas figuras y dibujos, que aguantó varias lluvias, cepillos con detergente y las lamidas insistentes del gatito por desprender algún coágulo petrificado, aquella tarde de calor.

 

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