Polvo, el frincipio

Mariposas de la noche entre telas de araña y polvo, en una ventana

La casa se llenó de arena y polvillo a un son casi imperceptible. La acumulación, a cada segundo más abultada, lo cubrió todo.

Divertido dibujar en superficies planas con el dedo abusando del grosor, dando lugar a sombreados texturados increíbles. No tan divertido enjuagar vasos, platos, una y otra vez.

Barrer se volvió un deporte practicable dos, tres y hasta cinco veces diarias, dejando siempre un montículo de varios kilos de partículas volátiles. Masticar, un fastidio crujiente. Cepillarse los dientes y pulirlos al mismo tiempo. Respirar dolía.

El polvo era contagioso. Los muebles comenzaron a desgranarse, el agua a estar barrosa. Las paredes día tras día más ásperas, se desprendían tornándose menos delgadas que mañana si se susurraba cerca o se rozaban con las manos, si el cuerpo o algún suspiro les acariciaba el revoque intangible.

Percibiendo una despedida, un fin para ese hogar ya seco, las barridas áridas del día se acumularon en el centro. Hundiendo los dedos agrietados allí, unos huecos dejaron paso para cobijar varias semillas. El agua-lodo cerró el ritual y el tiempo dio lugar a robustos y rugosos árboles que, por supuesto, fueron una bocanada fresca de oxígeno, sombra, alimento y refugio.

 

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