Desodorante

Parte superior de un desodorante destapado en blanco y negro.

 

-Tenemos que reinventarnos, señores.- Fueron las palabras finales que quedaron resonando luego de la reunión que impulsaba la próxima campaña publicitaria de aquella empresa de desodorantes.

Surgieron inmediatamente proyectos y prototipos que reciclaban fragancias ya utilizadas: Jazmín y tierra, para guerreras delicadas; jengibre con miel, para lucir tu espíritu dulce y picante sin tapujos; roble y chocolate, resalta tu nobleza y ternura; rocío matutino y arándanos, sutileza y frescura de elfo.

Algunos intentaron ir un poquitito más allá: Cactus y lechuga, rudeza light; ron con pasas, etílico sin explicaciones; cheesecake con pimienta, excéntricos incomprendidos; libro nuevo, revela tu faceta intelectual ; consultorio de dentista, libera tus miedos; humedad y encierro con un toque de lavanda, para salir del closet con la seguridad de él sobre tu piel. Nada era suficientemente novedoso, identitario ni atrapante para impulsar esa campaña.

Hasta que apareció el último: “Aroma a letrina con finas notas de hedor de alcantarilla y cenicero de bar.” Potencia tu sinceridad. Humanizante y auténtico. #Ecofriendly y #Orgánico.

Con un estupendo trabajo de marketing, infinidad de personas se sumaron a oler como la mismísima mierda. Felices, orgullosos, gozando de los vahos osados y desgarradores, sabiéndose observados, imponentes y por demás presentes en cualquier lugar.

Todo muy lindo hasta que la competencia elaboró una fragancia bastante innovadora también: “Pescadería sin heladera en pleno verano.” No pudieron encajarlo con personalidades, ideales, actitudes ni conductas. Igualmente la idea era buena, pero el título muy largo para nombrar a un solo aroma sin blend. No prosperó.

 

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