(Des)hacerse

Rasuradora de vello en una bacha. Imagen en blanco y negro.

.

Empezó tímidamente cortándose las puntas del cabello pero el silencioso entusiasmo la dejó pelada en pocos minutos. Siguió con una hoja de afeitar, rasurándose los pelos de las piernas. Cuando no hubo más vello por quitar, continuó lonjeando la piel. Pronto estuvo rebanando sus músculos hasta que la tibia impuso un freno. Aprovechó una astilla de hueso para tallar una aguja. Con el pelo tejió un amigurumi, una especie de mamífero para acariciar por las noches y algunas tardes. Seguramente, también en las mañanas.
Pequeños restos de melena se convirtieron en pinceles y con ellos se pintó de sombras. Se dibujó un pelucón, se agregó brazos, colmillos, dedos, orejas, un ojo y un pulmón.

La labor le dio hambre y se valió de las fetas de gemelos para hacerse un sandwichito. Le dio frío y usó sus cueros como abrigo.
No sería la primera vez que cambiara de ropas. Tampoco la primera vez que se autoconsumía, ni la última que se (des)hiciera de ella misma.

 

.